23 octubre 2008


Creían vivir más adelante, estar/ en el centro del mundo y eran/ sombras nonatas en los sótanos/ de la historia, en los bordes/ olvidados del continente: un charqui/ impoluto y ciego como las arañas y los mudos/ y los vegetales, engañando para no estallar, guardando/ las ganas para otras oportunidades,/ aguantando hasta que llegue de una vez ese pícaro/ dedito, les ponga la sal y se los coma/ a todos. Creían/ ver la luz del mar, el rugido del tiempo. (Urondo)

21 octubre 2008


¿Cómo era el mundo no hace tanto? Podríamos imaginar que algo parecido a esta pregunta debió de cruzar las reflexiones de Rousseau hace doscientos cincuenta años, la de Max Weber luego o la de Georg Lukács. El interrogante se asemeja a la melancolía lo suficiente como para ser casi su antípoda, su exorcización conceptual. Si, como pensó Walter Benjamin, la bestialidad deshumanizadora de dominar a los hombres es un pasado que sobre todo no deja de seguir venciendo, aquella pregunta significaría más que nada descubrir en la fragilidad de la palabra la escasa presencia de las cosas, sus silábicas imposturas. Preguntarle al pretérito más próximo no es entonces nostalgia por pasados del mundo, sino un continuo resistir la cancelación de la experiencia humana: artesanía crítica puede decirse, de engarzar interpretaciones, de escuchar en la sonoridad de las renovaciones la crónica extraviada del lenguaje. (…) La pregunta por el “antes” no es entonces añoranza, sino la intención de señalar que la mirada que no rompe con la homogeneidad técnica de una lógica histórica barbarizante, no es otra cosa que dispositivo intelectual “interpretativo” de lo cadavérico, mirada que en su “asistir” a los hechos extiende lo indiferente, lo equivalente, la uniformidad total. (Nicolás Casullo)

19 octubre 2008


Tal vez lo que mejor puede hacer por uno el arte (y la literatura, la poesía) es crear situaciones en las que uno consigue ser menos boludo, puede uno dejar de agarrarse de algunas boludeces y liberarse un poco de la pavada, la pequeñez, la superstición que habitualmente acepta como “lo importante” y todo eso a lo que nos ata el apego bobo, ambicioso y medroso al Yo y a lo que el Yo hace de sí para cumplir con lo que le reclama, para darle autorización o tarjeta de pertenencia, “el mundo”. O para al menos tener alguna experiencia, momentánea, de desboludización (y no hay desboludización que no sea momentánea). El problema viene cuando uno se embelesa con lo que le ocurrió al desboludizarse y/o se aferra, como quien teme perderlo o como quien capitaliza un tesoro, y peor aun si quiere sacarle provecho y reforzar con eso el Yo, y, más todavía, lo que en el Yo es fachada que presentar al “mundo” para ser aceptado o tener algún tipo de dominio sobre él. El arte, entonces, la literatura, la poesía, vueltos sobre sí como se da vuelta sobre sí el guante, boludizan también, se vuelven su contrario: usina de producción o caldo de cultivo de pavos reales, globos inflados que en una estratósfera llena sólo de sí se bambolean admirando su estar por encima de los que entre la granulosa y sucia tierra tropiezan o se abren paso trabajando, entre contradicciones, deslices, disgustos, esfuerzos, necesidad de tomar decisión, equivocaciones, caídas y recaídas en el ridículo, humillación, obligación de contenerse, maltrato. Si fuera en ese sentido que lo decía, sería tal vez posible entonces aceptar aquello de Ponce: “cuando la cultura es vivida como un privilegio, la cultura envilece tanto como el oro”. Y recordar lo que Anselm Grün dice del hombre religioso que "actúa piadosamente para no tener que experimentar a Dios”: “en última instancia, no es piadoso sino que solamente busca en sí su seguridad y su autojustificación, su riqueza espiritual.”

12 octubre 2008


Si los años no terminarán por adueñarse de ellas –las palabras que minuciosamente fuiste–, si no terminarán un día por quedarse con ellas, palabras que solías convocar y atesorar en lugares de frontera, umbrales para sueños, tu botín de guerra. (Calveyra)

10 octubre 2008



La condición humana en el contexto de habitar el mundo, de poder emprender una historia y convivir en creación cultural colectiva, implicó la dimensión de un diálogo único. De una relación otra. De un vínculo de sentimiento e intelecto con lo trascendente. Con lo metafísico. Con la necesidad de ese absoluto que fijase las causas y la forma de los cursos: el por qué, el para qué, el cómo, cuestiones sentidas como imprescindibles a la vida. Pensar los dioses, pensar un dios más íntimo e irregresable en presencia, pensar un dios salvador, configuró para el pensamiento ilustrado el tiempo del mito, para otros el más majestuoso, sin parangón e infinito cobijo del hombre. Descifrar, en eso cósmico, que integraba como una partícula, el orden de su propia significancia y la necesidad inaudita de honrar la existencia expuso la altura de una conciencia tan in-creíble, que sólo un dios pudo otorgarla. Y ese sería el debate, o el Misterio. En todo caso, la pobreza y miserabilidad de nuestra época secular no puede arrogarse nada que esté por encima de esa respuesta primera. Se trata por eso de cuidar –aun los no creyentes– ese antiguo lenguaje sagrado con que el hombre le puso sentido, imaginación y capacidad de escucha de la zarza ardiente. Cuidarlo, más allá de que ese cuidado nos lleve a posturas que a lo mejor el pensamiento laico, científico, racionalista o progresista cuestiona, sabiendo en este tema que mucho de lo que hoy ese pensamiento letrado cuestiona o desconsidera, sería en realidad lo que importa. (Nicolás Casullo)

07 octubre 2008


El discurso que “se entiende” es por lo general un discurso que no ayuda a comprender: más bien lo contrario, entre otras cosas porque te propone un resultado, no un proceso. No es un discurso que aporte, es un discurso que aparta: te lleva a su propio lugar (su propio juego) vendiéndote la ilusión de que estás ahí, “en la cosa”, satisfactoriamente en contacto con eso que precisamente te vela. Paradojas: a más “transparencia” más pura discursividad desentendida de todo lo que no sea ella misma, atenta en todo caso, sí, a sus mecanismos para producir efectos en una audiencia o clientela, pero no, de ningún modo, a “eso” de lo que anuncia estar dando cuenta y que es precisamente lo que se le compra. Cuanto más transparencia simula un discurso, más lo que da es puro discurso que no se deja atravesar, autosuficiente, reacio a atenerse a cualquier cosa que pueda conmover la eficacia de la relación cosa-texto-lector que inventa y en que se sostiene. Y, por su parte, el discurso que “llega” y “atrapa” hace precisamente eso, atrapar: se dirige a una presa, a un objeto de conquista, no viene a intercambiar, no supone en el interlocutor un interlocutor sino una meta o un bien, es propio de alguien que no tiene nada que aprender, que no está dispuesto a aprender nada, como no sea nuevos modos de atrapar.

04 octubre 2008


Simplificar las cosas “para que se entiendan”: se puede llegar a entender sin problemas, entonces, “lo que se dice”, pero no por eso se va a comprender mejor qué es eso de lo que se está intentando dar cuenta. Al revés: se anula esa posibilidad, se la tapa, al vaciar su complejidad sustituyéndola por una fórmula engañosa. Peor que falsa, porque consuela y tranquiliza haciendo creer que se comprende, evitando el trabajo de enfrentarse a los problemas tal como reclaman ser encarados. En el mismo sentido, si, para convencer al otro, si, para ganar su adhesión, tengo que “impactar” o impresionar, si tengo que adoptar la lógica discursiva de los medios y la publicidad, todo está bien si lo que quiero es ganarlo para el mundo para cuyo sostén están diseñados la publicidad y los medios. Si, en cambio, lo que quiero es otra cosa, de qué valen los temas o la orientación ideológica de lo que estoy intentando transmitir, si apelo a la misma lógica que promueve el sistema al que me resisto y lo constituye. Si ese otro que tengo ante mi mente cuando escribo es alguien incapaz de pensar, incapaz de plantearse problemas, alguien a quien hay que tratar como un minusválido mental, no puede ser entonces un semejante, un hermano o un compañero. No me pidan entonces que escriba de esa manera, no esperen que los desprecie.

02 octubre 2008


Lo único cierto es la enorme complejidad e indecibilidad de todo esto. La única guía. Un no saber, un saber por pedazos, por pequeñas revelaciones, por instantes. Un tocar casi como lo hace un ciego las superficies, percibir a veces sus bordes, sentir que ciertas cosas le llegan de mejor modo a uno al alma y le son queribles, y que con otras jamás va a llevarse bien (salvo forzándose o fingiendo, o armándose de una trabajada paciencia), pero no ir mucho más allá de percibir los efectos y tomar nota: no explicar, no aleccionar, no generalizar, en lo posible. Ver, constatar, disfrutar, sin esperar mucho que se entienda o comparta, tratar de vivir bien, es decir, hasta donde se pueda, hacer lo mejor que se pueda en lo que de verdad es, no en lo que se quisiera que fuera o en lo que te dicen “así es”. Se trata de no dominar, de no ser muy dominado, se trata de estar ahí, acá, ahora.

01 octubre 2008


Detrás de la torre tus alas sucias de hollín, alquitrán lo que llamaban cielo, correspondes a una vieja descripción de lo que fueron estos lugares reunidos ahora en un cielo de tinta. Extintos y presentes, no quedan más en ninguna parte, dejaron de estar, no andan más por aquí, pasaron por aquí, salieron por aquí, se perdieron por aquí. (Calveyra)