No forms less/ than activity.// All words––/ days––or/ eyes––// or happening/ is an event only/ for the observer?// No one/ there. Everyone/ here. (Creeley)
30 noviembre 2008
28 noviembre 2008
26 noviembre 2008
The words will one day come/ back to you, birds returning,/ the movie run backward.// Nothing so strange in its talk,/ just words. The people/ who wrote them are the dead ones.// This here paper talks like anything/ but is only one thing,/ “birds returning.”// You can “run the movie/ backward” but “the movie run/ backward.” The movie run backward. (Robert Creeley)
20 noviembre 2008
15 noviembre 2008
La discreción no está en el simple rechazo a hacer confidencias (lo cual verdaderamente sería muy grosero, y ya el mismo hecho de pensar en eso), sino que es el intervalo, el puro intervalo que, de mí a ese otro que es un amigo, mide todo lo que hay entre nosotros, la interrupción de ser que no me autoriza jamás a disponer de él, ni de mi saber de él (aunque sea para alabarlo) y que, lejos de impedir toda comunicación, nos pone en relación al uno con el otro en la distancia y a veces en el silencio de la palabra. (Blanchot, citado por Ricardo Forster)
12 noviembre 2008
No quiero volver/ a ese lugar/ intransitable/ y escuálido donde todo parece dormido.// Quiero calor,/ dolor; sin soledades/ sentir/ alegría, a pesar de todo.// No quiero ausencias,/ ni lágrimas. No me gustan/ las madres, ni las caricias, ni los buenos entendidos:/ fortunas quietas, venturas inanimadas:/ llegar de otros lugares,/ para volver. Regresar/ a mi punto de partida,/ verterme como una jarra seca y consecuente.// No quiero seguir durmiendo/ junto a esa fuente/ que ninguna sed calma. Propongo/ vivir sin dominios, simplemente.// No tengo ganas de regresar,/ que mi santo sepulcro no pretenda esperarme. Quiero/ inventarlo a último momento,/ sin pensar demasiado, sin mucho rencor,/ cuando sea necesario. (Urondo)
10 noviembre 2008
Las rosas se asoman insistentes en el aire azul./ ¿Nos están permitidas sin traicionar la memoria?/ El recuerdo es poca cosa para tanto pasado,/ para tanta vida sobre el abismo./ ¿Es este otro vino, otro el amor?/ ¿O todo es un río solitario que deja a algunos en la orilla/ crucificados en la injusticia de la muerte temprana?// (…) Las antiguas banderas solo flamean/ en la tormenta de nuestro corazón.// Descansen en paz los compañeros/ bajo una tierra sembrada de sal,/ sobre la cual comenzamos a pelear contra el olvido. (José Luis Mangieri)
09 noviembre 2008
Estábamos en medio de la primavera democrática, con sus florcitas y pajaritos, debe hacer como quince años o más, y le pregunté a Mangieri si esa tremenda actividad que llevaba a cabo editando libros, organizando presentaciones, vinculando gente entre sí, no era una vía para canalizar una frustración: “sos un político frustrado”, creo que le dije, pensando en cómo la dictadura había echado por tierra tantos esfuerzos suyos y de gente como él. Me miró con esa sonrisa cachadora que le conocemos, entre comprensiva y resignada, y contestó: “nosotros no queríamos ser políticos, queríamos hacer la revolución”. Conocedor concreto de la calle real y del humor real de la gente como siempre fue, Mangieri no está entre los que creen que pueda pensarse una revolución comme il faut para este tiempo ni para tiempos más o menos a la vista, y quién sabe si alguna vez, pero entiendo bien la luz que se le prende en los ojos cuando pronuncia esas cuatro sílabas, “revolución”, como diciendo “a pesar de todo, no me rindo: la realidad es la realidad, pero no me van a quitar las ganas”.
“Utopía”, esa palabra que tan impunemente ha venido burocratizando la izquierda realmente existente, es tal vez la que mejor viene al caso, si por utopía entendemos un nudo en la garganta, un aleteo detrás de las pupilas, un saber sin remedio que nada en la realidad que vivimos está completo porque algo falta, y que eso que falta es fundamental, y tanto que uno no puede darse el lujo de ignorarlo, o no lo acepta, porque aceptarlo es acomodarse a una automutilación. Por más que amemos como Mangieri ama esta realidad –y la realidad que Mangieri ama es muy reconocible: las calles de algunos barrios y del centro de Buenos Aires, Corrientes entre Callao y el Obelisco, los amigos, los libros, el asado, el café con medialunas y, muy especialmente, conversar; de política o de literatura o del ambiente literario, pero conversar, como un deporte que se juega con gusto, sin excluir el chimento–, se la ama también por lo que la realidad no es y podría ser, debiera ser. “Yo no soy sin el otro”, es un modo de sugerir lo que Mangieri anda atisbando, y en ese sentido, de algún modo, hace efectivamente la revolución, la va haciendo casi en cada acto, en tanto actúa en sentido contrario al del orden que emputece el mundo: al ir cargando de temblor humano las ocasiones, al estar tan dispuesto a la comprensión como al juicio implacable, al vivir en continuo intercambio y estableciendo conexiones entre todo lo que encuentra, al poner ante todo y por encima de todo el placer de compartir. (escrito para el libro Es rigurosamente cierto, 2005)
23 octubre 2008
Creían vivir más adelante, estar/ en el centro del mundo y eran/ sombras nonatas en los sótanos/ de la historia, en los bordes/ olvidados del continente: un charqui/ impoluto y ciego como las arañas y los mudos/ y los vegetales, engañando para no estallar, guardando/ las ganas para otras oportunidades,/ aguantando hasta que llegue de una vez ese pícaro/ dedito, les ponga la sal y se los coma/ a todos. Creían/ ver la luz del mar, el rugido del tiempo. (Urondo)
21 octubre 2008
¿Cómo era el mundo no hace tanto? Podríamos imaginar que algo parecido a esta pregunta debió de cruzar las reflexiones de Rousseau hace doscientos cincuenta años, la de Max Weber luego o la de Georg Lukács. El interrogante se asemeja a la melancolía lo suficiente como para ser casi su antípoda, su exorcización conceptual. Si, como pensó Walter Benjamin, la bestialidad deshumanizadora de dominar a los hombres es un pasado que sobre todo no deja de seguir venciendo, aquella pregunta significaría más que nada descubrir en la fragilidad de la palabra la escasa presencia de las cosas, sus silábicas imposturas. Preguntarle al pretérito más próximo no es entonces nostalgia por pasados del mundo, sino un continuo resistir la cancelación de la experiencia humana: artesanía crítica puede decirse, de engarzar interpretaciones, de escuchar en la sonoridad de las renovaciones la crónica extraviada del lenguaje. (…) La pregunta por el “antes” no es entonces añoranza, sino la intención de señalar que la mirada que no rompe con la homogeneidad técnica de una lógica histórica barbarizante, no es otra cosa que dispositivo intelectual “interpretativo” de lo cadavérico, mirada que en su “asistir” a los hechos extiende lo indiferente, lo equivalente, la uniformidad total. (Nicolás Casullo)
19 octubre 2008
Tal vez lo que mejor puede hacer por uno el arte (y la literatura, la poesía) es crear situaciones en las que uno consigue ser menos boludo, puede uno dejar de agarrarse de algunas boludeces y liberarse un poco de la pavada, la pequeñez, la superstición que habitualmente acepta como “lo importante” y todo eso a lo que nos ata el apego bobo, ambicioso y medroso al Yo y a lo que el Yo hace de sí para cumplir con lo que le reclama, para darle autorización o tarjeta de pertenencia, “el mundo”. O para al menos tener alguna experiencia, momentánea, de desboludización (y no hay desboludización que no sea momentánea). El problema viene cuando uno se embelesa con lo que le ocurrió al desboludizarse y/o se aferra, como quien teme perderlo o como quien capitaliza un tesoro, y peor aun si quiere sacarle provecho y reforzar con eso el Yo, y, más todavía, lo que en el Yo es fachada que presentar al “mundo” para ser aceptado o tener algún tipo de dominio sobre él. El arte, entonces, la literatura, la poesía, vueltos sobre sí como se da vuelta sobre sí el guante, boludizan también, se vuelven su contrario: usina de producción o caldo de cultivo de pavos reales, globos inflados que en una estratósfera llena sólo de sí se bambolean admirando su estar por encima de los que entre la granulosa y sucia tierra tropiezan o se abren paso trabajando, entre contradicciones, deslices, disgustos, esfuerzos, necesidad de tomar decisión, equivocaciones, caídas y recaídas en el ridículo, humillación, obligación de contenerse, maltrato. Si fuera en ese sentido que lo decía, sería tal vez posible entonces aceptar aquello de Ponce: “cuando la cultura es vivida como un privilegio, la cultura envilece tanto como el oro”. Y recordar lo que Anselm Grün dice del hombre religioso que "actúa piadosamente para no tener que experimentar a Dios”: “en última instancia, no es piadoso sino que solamente busca en sí su seguridad y su autojustificación, su riqueza espiritual.”
12 octubre 2008
10 octubre 2008
La condición humana en el contexto de habitar el mundo, de poder emprender una historia y convivir en creación cultural colectiva, implicó la dimensión de un diálogo único. De una relación otra. De un vínculo de sentimiento e intelecto con lo trascendente. Con lo metafísico. Con la necesidad de ese absoluto que fijase las causas y la forma de los cursos: el por qué, el para qué, el cómo, cuestiones sentidas como imprescindibles a la vida. Pensar los dioses, pensar un dios más íntimo e irregresable en presencia, pensar un dios salvador, configuró para el pensamiento ilustrado el tiempo del mito, para otros el más majestuoso, sin parangón e infinito cobijo del hombre. Descifrar, en eso cósmico, que integraba como una partícula, el orden de su propia significancia y la necesidad inaudita de honrar la existencia expuso la altura de una conciencia tan in-creíble, que sólo un dios pudo otorgarla. Y ese sería el debate, o el Misterio. En todo caso, la pobreza y miserabilidad de nuestra época secular no puede arrogarse nada que esté por encima de esa respuesta primera. Se trata por eso de cuidar –aun los no creyentes– ese antiguo lenguaje sagrado con que el hombre le puso sentido, imaginación y capacidad de escucha de la zarza ardiente. Cuidarlo, más allá de que ese cuidado nos lleve a posturas que a lo mejor el pensamiento laico, científico, racionalista o progresista cuestiona, sabiendo en este tema que mucho de lo que hoy ese pensamiento letrado cuestiona o desconsidera, sería en realidad lo que importa. (Nicolás Casullo)
07 octubre 2008
El discurso que “se entiende” es por lo general un discurso que no ayuda a comprender: más bien lo contrario, entre otras cosas porque te propone un resultado, no un proceso. No es un discurso que aporte, es un discurso que aparta: te lleva a su propio lugar (su propio juego) vendiéndote la ilusión de que estás ahí, “en la cosa”, satisfactoriamente en contacto con eso que precisamente te vela. Paradojas: a más “transparencia” más pura discursividad desentendida de todo lo que no sea ella misma, atenta en todo caso, sí, a sus mecanismos para producir efectos en una audiencia o clientela, pero no, de ningún modo, a “eso” de lo que anuncia estar dando cuenta y que es precisamente lo que se le compra. Cuanto más transparencia simula un discurso, más lo que da es puro discurso que no se deja atravesar, autosuficiente, reacio a atenerse a cualquier cosa que pueda conmover la eficacia de la relación cosa-texto-lector que inventa y en que se sostiene. Y, por su parte, el discurso que “llega” y “atrapa” hace precisamente eso, atrapar: se dirige a una presa, a un objeto de conquista, no viene a intercambiar, no supone en el interlocutor un interlocutor sino una meta o un bien, es propio de alguien que no tiene nada que aprender, que no está dispuesto a aprender nada, como no sea nuevos modos de atrapar.
04 octubre 2008
Simplificar las cosas “para que se entiendan”: se puede llegar a entender sin problemas, entonces, “lo que se dice”, pero no por eso se va a comprender mejor qué es eso de lo que se está intentando dar cuenta. Al revés: se anula esa posibilidad, se la tapa, al vaciar su complejidad sustituyéndola por una fórmula engañosa. Peor que falsa, porque consuela y tranquiliza haciendo creer que se comprende, evitando el trabajo de enfrentarse a los problemas tal como reclaman ser encarados. En el mismo sentido, si, para convencer al otro, si, para ganar su adhesión, tengo que “impactar” o impresionar, si tengo que adoptar la lógica discursiva de los medios y la publicidad, todo está bien si lo que quiero es ganarlo para el mundo para cuyo sostén están diseñados la publicidad y los medios. Si, en cambio, lo que quiero es otra cosa, de qué valen los temas o la orientación ideológica de lo que estoy intentando transmitir, si apelo a la misma lógica que promueve el sistema al que me resisto y lo constituye. Si ese otro que tengo ante mi mente cuando escribo es alguien incapaz de pensar, incapaz de plantearse problemas, alguien a quien hay que tratar como un minusválido mental, no puede ser entonces un semejante, un hermano o un compañero. No me pidan entonces que escriba de esa manera, no esperen que los desprecie.
02 octubre 2008
Lo único cierto es la enorme complejidad e indecibilidad de todo esto. La única guía. Un no saber, un saber por pedazos, por pequeñas revelaciones, por instantes. Un tocar casi como lo hace un ciego las superficies, percibir a veces sus bordes, sentir que ciertas cosas le llegan de mejor modo a uno al alma y le son queribles, y que con otras jamás va a llevarse bien (salvo forzándose o fingiendo, o armándose de una trabajada paciencia), pero no ir mucho más allá de percibir los efectos y tomar nota: no explicar, no aleccionar, no generalizar, en lo posible. Ver, constatar, disfrutar, sin esperar mucho que se entienda o comparta, tratar de vivir bien, es decir, hasta donde se pueda, hacer lo mejor que se pueda en lo que de verdad es, no en lo que se quisiera que fuera o en lo que te dicen “así es”. Se trata de no dominar, de no ser muy dominado, se trata de estar ahí, acá, ahora.
01 octubre 2008
Detrás de la torre tus alas sucias de hollín, alquitrán lo que llamaban cielo, correspondes a una vieja descripción de lo que fueron estos lugares reunidos ahora en un cielo de tinta. Extintos y presentes, no quedan más en ninguna parte, dejaron de estar, no andan más por aquí, pasaron por aquí, salieron por aquí, se perdieron por aquí. (Calveyra)
28 septiembre 2008
25 septiembre 2008
Si, tal como rezan ciertas proposiciones, la función del arte fuera hacer la vida más interesante que él, entonces, hay que perder esa ilusión. Tenemos la impresión de que buena parte del arte actual contribuye a un trabajo de disuasión, a un trabajo de duelo de la imagen y de lo imaginario, a un trabajo de duelo estético, las más de las veces fallido; lo cual trae aparejada una melancolía general de la esfera artística, que parecería sobrevivirse a sí misma en el reciclaje de sus medios y sus fines. (Baudrillard)
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