12 enero 2009


No es tal o cual ideología, exactamente, o tal o cual tipo de pensamiento, aunque en cierto modo lo es. El enemigo es siempre, en el fondo, la mediocridad, la mezquindad, el egoísmo, la estupidez, ese gran núcleo imbécil de poderosas fuerzas subjetivas, esa negativa a pensar mucho (o a enfrentar las propias limitaciones o a ir más allá de lo inmediato o a entrar en conflicto con uno mismo) que moviliza masas más que cualquier otra cosa y que puede vestirse de cualquier ideología, de cualquier creencia y de cualquier tipo de pensamiento. Pero es verdad que ciertas políticas y ciertas maniobras políticas y ciertas situaciones –el imperio del neoliberalismo y la sociedad mediática o de consumo, por ejemplo– lo propician más que otras, y es verdad que prospera más con ciertas ideologías, como el nazismo, que con otras, y en ciertos medios que en otros, y en ciertas situaciones históricas, y en ciertos ambientes sociales. Complejidad o simplificación es la cuestión, o “yo soy yo y nada más que yo” o “yo soy en y con el otro, ese ser que no sé qué es”.