26 noviembre 2010


De los poetas, o de algunos de los mejores poetas, suele decirse que “no saben lo que dicen”, o que “no tienen nada que decir”. Lo ya dicho, lo que ya tiene significado y entra completo en la comprensión, para quienes ingresan a ciertas zonas del trabajo poético, no alcanza, es un estorbo, una estridente mudez obnubiladora y paralizadora: tarea de poeta es ver cómo dar palabra a aquello que no la tiene, ver modos de decir lo que no tiene cómo ser dicho y lo reclama, encontrar las palabras o los silencios o los reveses de las palabras o sus fisuras que rompan la insignificancia del “todo está claro: hasta acá llegamos, para qué más”. Se parecía un poco a esos poetas Néstor Kirchner cuando se lanzaba, con insuficientes palabras, a hurgar posibilidades donde no estaban claras las cosas o no parecían estarlo, a avanzar en la tiniebla de lo imprevisible o inadmisible, sin cinturones protectores ni barandas ni garantía de triunfo, no sin torpezas o riesgo de caer en el ridículo, pero de algún modo sabiendo –como suelen intuirlo los mejores poetas– que eso, al parecer insensato, es lo que corresponde hacer, que no hacerlo es seguir girando en torno de “lo que ya se sabe” y que cuando el sentido de una política, como el de las palabras, está completo, esa política ya tiene poco que decir. (en “Lo abierto, una poética)