05 diciembre 2015


No estoy pensando, cuando digo “resistencia”, en la resistencia peronista posterior al 55 ni en la resistencia francesa a la ocupación nazi. No le doy ninguna dimensión épica a la palabra ni imagino actos heroicos: a lo que me refiero es a un vivir sosteniendo lo que vale la pena sostener, a pesar de lo que establezca el mezquino consenso generalizado o la opinión pública. A mantener la capacidad de pensar, sentir y actuar por fuera de la visión hegemónica me refiero, a no dejar aplastadas las aspiraciones a una vida menos mezquina ni desanimarnos ante la evidencia de que casi todo parece jugar en contra, a ir concretamente viviendo modos de encarar la vida y situarse en la sociedad acordes con los valores que a uno realmente le importan. Saber encontrar los lugares donde esas maneras de vivir y esos valores sean posibles, o crearlos, mantener ámbitos de encuentro y de intercambio, redes de solidaridad, relaciones de afecto, ocasiones para desplegar a fondo el pensamiento y la sensibilidad, no afuera de la sociedad en que uno vive sino abriendo en ellas espacios y situaciones, rehabitándola. Y hacer todo lo que se pueda, por supuesto, para no dejar que avancen los intentos de destrucción, muerte o aplanamiento, e incluso revertirlos, de la manera menos solitaria posible, en conjunto con otros, los que quieran, cuantos más mejor.