02 abril 2011


Considere usted cómo enternece el error/ del joven poeta que supone en su cabeza/ los laureles más genuinos de la época;/ del mismo modo/ el hombre que llegó aullando a la comisaria/ suponía que toda la justicia del mundo/ se concentraba allí para ocuparse de su caso./ Piense que en certezas de ese tipo/ se apoya el movimiento de la historia,/ el principio y el fin de los años/ el régimen de los ríos y las dinastías del poder./ Allí la esperanza está fuera de cuestión/ pues se trata de otra cosa/ mientras usted sueña o se muerde los puños,/ escupe su bilis y no está seguro de nada./ Pero no se pregunte en qué equivocación/ ponen los pies para andar sin caerse./ Ellos sostienen que nada justifica el mundo/ sino sus propios delirios personales./ Y deben estar en lo cierto, a menos/ que ese mismo mundo esté allí sin finalidad alguna. (Giannuzzi, “Los errores necesarios”)