28 febrero 2013


Claro que lo nuevo cada vez se mantiene menos tiempo nuevo, se vuelve obsoleto cada vez más rápido. El ideal de progreso tiene un aspecto letal y es que el culto por lo nuevo hace que el propio sujeto pueda devenir prontamente caduco. Guy Debord, en los albores de la década del sesenta, decía que un nuevo valor había surgido: no era ya ni ser ni tener, sino: aparecer. Valor que desestima cualquier consistencia ya que sólo lo que aparece se aprecia como bueno. La aceleración de la decadencia de toda novedad puebla nuestro universo de objetos que hay que desechar de prisa para reemplazarlos por los del último modelo. Esto incide notablemente en los lazos amorosos: ante la menor decepción, lo “nuevo” será siempre visto como mejor. (Silvia Ons)